Fábula original

érase una vez una oruga. Para comer había subido a buscar las hojas más altas de los grandes árboles que se hallaban en medio de un prado lleno de plantas y flores. Levantaba su cuerpo sentándose sobre sus tres patitas traseras y giraba la cabeza a todos lados observando con su mirada despierta y curiosa todo lo que la rodeaba, mientras aspiraba el fresco aire deleitándose con la bella sinfonía multicolor de las hermosas flores que la circundaban.

Entonces la oruga se dispuso a descender, segregando hilos de baba, hacia la florida pradera en la que se levantaban los árboles. Mas no había llegado muy lejos en su descenso, cuando una oruga vieja y muy sabia la vio cómo se descolgaba lentamente desde una de las ramas superiores, estirando y encogiendo su gracioso cuerpecillo.

“¿Por qué no te quedas arriba?”, preguntó la recién llegada, “¿No ves que arriba el aire es más fresco, los rayos de sol más cálidos, las hojas más tiernas y la vista más hermosa? ¿Para qué desciendes?”

“Es absolutamente cierto – todo lo que dices es verdad”, replicó la oruga joven. “Me como las hojas tiernas y eso me da el mayor de los placeres; y ese aire tan fresco que respiro ahí no me es menos placentero. Pero veo ahí abajo los maravillosos colores de la flores, que exhalan un aroma delicioso, y creo que el placer será aún mayor cuanto más me acerque para poder disfrutarlo directamente. Quisiera llegar a las flores, cubrirlas de besos y exprimir toda la belleza que contiene su cáliz.

“Querida amiguita”, repuso la oruga más vieja, “tú no estás en tus cabales. Semejante belleza no está hecha para ser mancillada por una torpe y voraz oruga. Nosotras, las orugas mayores, sabemos cuando hay que saber renunciar, y por eso os mandamos a las orugas jóvenes a la zona de arriba; no debéis descender todavía a los lugares bajos y sombreados, para poder así disfrutar plenamente del encantador panorama que allí os rodea y que todavía no conocéis bien. Antes de poder acercarnos al cáliz de las flores tenemos que mudar nuestro cuerpo y nuestra alma. Tenemos que hacernos ligeras y aprender a volar para poder flotar en el aire, ya que, como orugas, no hacemos más que destruir la belleza de las flores; por eso las flores tienen multitud de amigos que las protegen de nosotros, de manera que lo más probable es que una oruga se vea cazada antes de poder llegar a la flor codiciada”.

“¡Menudas cosas dices!” replicó entonces la oruga joven, “ya sé que alguna vez he de morir. Mas la vida no tiene ningún sentido para mí si no puedo disfrutar de la belleza”.

“Pero tampoco llegarás a disfrutar de la belleza aunque te sientes encima de esas flores que estás admirando ahí abajo”, prosiguió impertérrita la oruga vieja sus advertencias. “Contempla bien el prado. Una sola mancha roja que hay en él ya te impresiona tantísimo por su belleza, de modo que ¿qué pasará cuando veas sobre el fondo verde esa variedad multicolor que procura verdadero deleite a la vista? Pero aunque no hubieras visto otra cosa que esa única mancha de color rojo en una pradera florida, aunque no hubieras visto ya el resto de las bellezas de todos los colores posibles, con ella sola ya te contentarías. Y el aire fresco es tanto más agradable si ya se han aspirado todas las demás fragancias y se ha alejado tanto de las flores que sus penetrantes aromas ya no le embriagan a uno. Así que no sigas bajando, vuelve a las alturas del árbol y disfruta de la belleza desde lejos, sin tocarla y sin procurar su desaparición”.

Esta razonable explicación, sin embargo, no sirvió para satisfacer la sed de la belleza de las flores que tenía la joven oruga, si bien no tuvo más remedio que reconocer la justicia de los argumentos de la oruga sabia. Ya había experimentado en alguna ocasión que, tras haber visto desde arriba una hoja de un extraño atractivo, se había dejado caer desde las ramas más altas y al llegar al lugar donde se hallaba la hermosa hoja no veía nada aparte de una hoja verde corriente – y tras haberla mordisqueado un rato, la hermosa hoja había desaparecido y había quedado destruida. Así que sabía perfectamente que la oruga sabia tenía toda la razón. Pero la sed que sentía de esta belleza que estaba viendo de continuo y que no podía tocar sin destruirla y hacerla desaparecer, seguía siendo tan fuerte, que ya no quiso seguir viviendo así. Buscó refugio en un ángulo del que sobresalían algunas ramitas de rugosa corteza. Se tumbó en una hendidura y comenzó a segregar todos los hilos de baba de que fue capaz; así finalmente acabó quedando encerrada en un ovillo muy denso que formaba como una celda o ataúd, construido por ella con sus propias fuerzas. Tras esto quedó tan exhausta que, casi desmayada, se durmió enseguida esperando no despertar nunca más.

Pero en aquel árbol habitaba también el hada buena Vivamerino, que amaba la belleza sobre todas las cosas. Había escuchado la conversación entre la oruga vieja y la joven y decidido ayudar a la joven; pero ¿cómo? También ella tenía que reconocer que todo lo que había dicho la oruga mayor era cierto y que la belleza de las flores sobre las que se arrojaba la oruga quedaba destrozada sin que pudiera disfrutarla realmente. Además albergaba la opinión de que la belleza de la naturaleza era demasiado delicada como para ser disfrutada sin más por criaturas ociosas, como si no tuvieran cosa mejor que hacer que pasearse de un lado a otro, en lugar de regocijarse con la contemplación de las maravillas creadas por la energía inagotable de la naturaleza y que sirven para henchir el corazón y los sentidos de verdadera alegría. El caso es que ella misma, que se emocionaba de tal forma con la belleza, siempre pretendía despertar en los demás los mismos sentimientos y convencerles de las sensaciones siempre nuevas que en ella producía una y otra vez. Así que se acercó a la oquedad en que yacía encerrada la joven oruga y susurró a través de la pared de corteza las siguientes palabras:

“¿Amas la belleza? Ten en cuenta que su disfrute no te es dado gratuitamente, sino que primero te lo tienes que merecer. ¿Estás dispuesta a merecerlo?”

La oruga, que creía estar soñando, intentó levantar la cabeza; pero estaba bajo un ovillo tan denso que no le era posible. Y de nuevo escuchó el susurro:

“¿Por qué estás tan desconsolada de no poder tocar la belleza ni con la boca ni con las patas? ¿Acaso no es suficiente gozar de todo ello con la vista?”

“¿Con eso es suficiente?”, gritó la oruga ahora entusiasmada tan fuerte como se lo permitía su incómoda postura. “Naturalmente que no. Desde que estoy viva he intentado satisfacer mi deseo de esa belleza, y sigo sin estar satisfecha. ¿Cómo va a ser suficiente la simple contemplación? ¿Acaso no palpita tu corazón con violencia cuando la vivaz y vertiginosa belleza de la naturaleza excita tu vista? ¿No se excitan los demás sentidos con el mismo entusiasmo y no sientes el impulso irresistible de abrazar todo el mundo y de estar besando todas las flores y las brillantes gotas de rocío hasta exhalar el último suspiro? Quisiera saltar de una a otra, apretarlas, bailar con ellas y dar gritos de júbilo ante tanta belleza. Pero ¡oh, no! Eso no puede ser. Nada de ruido. El ruido destruye la impresión de lo sagrado. No, en silencio, deslicémonos de una flor a otra con toda tranquilidad y delicadeza, juguemos entre las flores multicolores mecidas por el viento, que las acuna en sus suaves brazos. Y así podré disfrutar de su belleza, mientras otros también pueden contemplarlas, ya que su belleza pervive sin ser destruida e incluso invita a ser imitada y a intentar superar la belleza creada por la naturaleza”.

Pero de repente enmudeció la sollozante voz y sólo algunos suspiros delataban la honda emoción de la joven oruga en su prisión, que en su anhelo de disfrutar de la belleza languidecía entre fantasías. Tras permanecer silenciosa un momento, retomó la palabra:

“Escucha, querida voz, si puedes oírme, haz el favor de no reírte de mi estupidez. Ya sé que soy fea y que destruyo todo lo que toco. Es una tontería reptar por las hojas, ya que la belleza huye de mi presencia. Pero no puedo vivir sin esa belleza y por eso me he encerrado en esta cárcel, que yo misma he construido segregando tantos hilos como me permitieron mis fuerzas. Aquí quiero morir. Pero de tal manera encerrada veo el lindo prado y también veo como se mecen las flores acariciadas por el viento mientras escucho tu voz. Y el sonido de la voz es tan dulce que casi he pensado que me encontraba en medio de un sueño. De esa forma me he quedado ensimismada. Pero ahora he despertado y quisiera volver a dormirme para no soñar más y no volver a despertar”.

“Pero antes haz el favor de escuchar lo que tengo que decirte”, repuso el hada con suave y dulce voz. “Cuando se quiere verdaderamente algo y se posee la fuerza de concentrar todos sus pensamientos y su voluntad en ello, tiene que ser posible conseguirlo al cabo de un tiempo. Pero no basta con soñar, hay que quererlo. ¡Créeme, te estoy diciendo la verdad!”

“Ya me gustaría poder creerte,” dijo la oruga, “porque no me imagino que con voz tan dulce puedas estar mintiéndome”.

Entonces concentró todos su pensamientos y su voluntad en la imagen que había contemplado tan a menudo viéndose a si misma volando y jugando como una flor entre las flores en el prado. Tres días más tarde, el hada abrió la cárcel cortando los hilos y así salió volando hacia el prado la oruga, que se había convertido en una mariposa. A partir de entonces las orugas sólo comen las hojas de los árboles para reunir mayores fuerzas, construir sus casas de crisálida con hilos y concentrarse y prepararse para poder disfrutar de verdad de la belleza e iniciar una nueva vida convertidas en mariposas.

¿Cuándo aprenderemos los hombres a seguir este supremo ejemplo?

Traducción del Ido: Santiago Tovar, Madrid
Revisión: Alfred Neussner, Waldkappel
2004